El mundo era nuestro

Entre la observación documental y la inmediatez emocional, la obra celebra esa capacidad universal de los niños para apropiarse del mundo, aunque solo sea por un instante. Más allá de su contexto cubano, la fotografía se convierte en una reflexión atemporal sobre la libertad, la inocencia y esos momentos fugaces en los que la felicidad parece no tener límites.

Cinco niños descienden a toda velocidad por una calle de un barrio habanero sobre chivichanas, pequeños carritos de madera construidos artesanalmente por los propios niños cubanos para jugar. Lanzados hacia la cámara, transforman una calle cualquiera en un territorio de aventura, donde la imaginación convierte lo cotidiano en algo extraordinario. Sus expresiones de euforia y sus risas capturan un instante fugaz de libertad absoluta.

Titulada El mundo era nuestro, la fotografía reflexiona sobre la infancia como un territorio donde la alegría existe al margen de las circunstancias materiales. Las chivichanas no aparecen como símbolos de escasez, sino de ingenio: objetos capaces de transformar lo ordinario mediante el juego, la amistad y una imaginación sin límites.

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